domingo, 25 de noviembre de 2007

Esmerilado

Está quieto, abre los ojos, no se mueve. Luego sí se mueve, pero no se levanta. Estira los brazos hacia ambos costados. "Ya es hora", piensa. Se sienta con un gran esfuerzo. Aprieta fuerte los párpados y los vuelve a abrir. No quiere nada. No pide nada más que un poco más de descanso. Pero sabe que él mismo se lo impediría, entonces se para y da unos pasos.

Está de costado, tapada hasta la cintura con una delgada sábana, un poco gastada por el tiempo. Lleva las piernas hacia el pecho, se las abraza, y permanece así por un rato. Las suelta y las deja desplegarse. Mira al techo, no sólo con los ojos, sino con todo el cuerpo. "Cuento hasta diez", se dice. No llega ni hasta los cuatro, cuando se sienta. Se para y abre la ventana. Apoya los codos en su espesor y en sus manos, el mentón. No observa nada en particular, su mirada gris está perdida.

Continúa sobre sus pies, pero ahora está junto a la ventana. No logra verse en el vidrio esmerilado, entonces la abre. Afuera está el cielo, y ese árbol de hojas naranjas que lo acompañó desde niño. Y mucho más lejos, como una leve transparencia apenas insinuada, que sólo él puede ver, aparece un par de ojos, el cual, cree, son los suyos.